Todas las personas q abandonan la Vida con lucidez , lo hacen con las mismas palabras:
Te quiero, perdóname y gracias.
Todas las personas q abandonan la Vida con lucidez , lo hacen con las mismas palabras:
Te quiero, perdóname y gracias.
Los vampiros energéticos son seres de carne y hueso como nosotros, con unas capacidades psíquicas muy desarrolladas, así como sus capacidades racionales. No necesitan la sangre humana para subsistir como nos tienen acostumbrados los mitos legendarios, sino que se alimentan de la energía psiquica que emiten todos los que se realacionan con ellos. La prueba evidente para saber quién es un vampiro psíquico es comprobar cómo se encuentra tu ánimo después de tener un contacto con él. Si tu ánimo se encuentra por los suelos, desmoralizado, sin ganas de nada… entonces el vampiro ha substraido con sus poderosos mecanismos psíquicos-subcionadores tu energía al punto que te deja en un nivel muy bajo para seguir subsistiendo, el justo para que una vez que te hayas recuperado acuda de nuevo a ti a substraerte tu energía. Esa es su misión: alimentarse de los demás, de manera que pueda manterer alrededor suya una especie de círculo de individuos dóciles de substraer su energía, mientras que para él suponen simplemente sujetos con una voluntad alienada con un comportamiento semi-zombie. Algunas veces el vampiro se presenta ante ellos como el dador de una nueva conciencia a la cual tienen que “despertar”, pero sólo lo hacen para comprobar, sobre la marcha, que sus lacayos energéticos siguen sometidos y no pueden escapar de su órbita de poder.
Imaginarse un vampiro de estas características no es muy difícil pues todos hemos tenido alguna que otra vez algún jefe muy exigente que nos ha exprimido como a un limón para la consecución de cualquier objetivo, pero históricamente el ejemplo más característico es el de la relación del siervo respecto a su señor, como una constante en la dinámica de las relaciones sociales en la Edad Media.
La moral cristiana, como la atacaba Nietzsche, representa la moral de los exclavos, de los siervos, de los dominados, de los que obedecen, son humildes, agachan la cabeza y no muestran un ápice de sano orgullo, pues siempre estaba su comportamiento bajo la tutela y la mirada inquisitiva de su señor, el cual lo podía sancionar de cualquier despótica manera.
Los vampiros energéticos no son asaltadores en la oscuridad de las sombras de la noche, como vemos en muchas míticas películas, no. Son los instructores de una moral que supone someterse a la norma, a la ley, al Estado, a cualquier organización, sistema o ideología. Lo primordial para el vampiro energético es tener sometido al individuo bajo el amparo de la moral del grupo, así siempre lo tendrá disponible para extraerle su apreciada energía, de la cual se nutre el vampiro. Cuando surge algún indiviudo en el grupo de influencia de un vampiro energético que empieza a romper con los moldes establecidos, de momento se empieza a ejercer sobre él una presión anatemizante para que vuelva a ser una dócil presa, pero si se le escapa de las manos, el vampiro empieza a sospechar que lo que pretende el individuo que se separa del grupo es que quiere encontrar la forma de convertirse en un vampiro como él, y por lo tanto tendría que limitar su territorio de acción.
Los vampiros energéticos están muy aferrados a su cuerpo físico y siempre han soñado con la inmortalidad, pero son unos seres tan individualistas que nuncan comparten con nadie, ni tan siquiera con otro vampiro, ninguna de sus artes secretas para extraer energía del colectivo. Eso sí, se aplican con toda suerte de argumentaciones a despilfarrar la energía que les roba a sus semejantes en aborregarlos más si puede, utilizando sutiles estrategias que tienen bien estudiadas y que son muy útiles para los oscuros fines que persiguen: quieren inmortalizar su condición vampírica y para ello aspiran a instaurar una oligarquía vampírica que venga refrendada por un lider que posea todos los atributos extraordinarios dispersos de todos los vampiros en su persona.
En el único sitio donde se puede vencer a un vampiro en igualdad de condiciones es en el mundo onírico, por eso ellos son enemigos de quedarse dormidos, pues bajan todas sus defensas, y aspiran siempre a estar en estado de vigilia. Así se sienten prepotentes y se imaginan que son invencibles. La solución contra los vampiros energéticos no es matarlos, cortarles la cabeza o clavarle una estaca en el corazón. Para equilibrar la balanza que los vampiros desequilibran energéticamente lo que hay que hacer es acudir al mundo onírico y recuperar la energía que os han robado: allí se hace verdadera justicia pues las normas se establecen cara a cara en su justa medida sin intervención de nigún poder más que favorezca a ninguno de los litigantes. Cuando un vampiro es vencido en el mundo onírico se vuelve muy respetuoso con el que ha recuperado su energía y no vuelve a tentar su suerte contra esa persona, pues se siente muy vulnerable en su condición vampírica, por lo cual vuelve a actuar sobre el medio que le resulta más propicio: el de los incautos.
Siguiendo con el hilo en el que centro últimamente mis intervenciones, con el ánimo de mantenerlas unidas ya que suelen seguir siempre una misma dinámica… dejo el enlace de justo el anterior…
http://serinmortal.com/blog/discursos-de-avatar-2/
y de donde iré recapitulando todos ellos, en mi actividad personal….
La idea del prototipo de un Súperhombre ha obtenido recientemente mucha atención, y ha creado muchas discusiones, algunas de las cuales, no con muy buenos resultados y con una gran cantidad de difamación y calumnia. El promedio de la humanidad está propensa a resentirse por eso, porque a los hombres se les ha informado o tienen el presentimiento de que ese prototipo es el reclamo/demanda de unos cuantos para ascender a las alturas, de las cuales los muchos no son capaces, y concentrar privilegios morales y espirituales, disfrutando una dominación y unos poderes e inmunidades, dañinos a una dignidad vaga y confusa, y a la libertad de la humanidad. Así que, consideran, que el súperhombre no es nada más importante que la glorificación de un raro y solitario ego que le ha ganado a los otros, en la fuerza de nuestras cualidades humanas comunes. Pero este significado del súperhombre, es una parodia intolerante y mezquina. El evangelio de la verdadera humanidad nos presenta a ese súperhombre como un ideal magnánimo, misericordioso y noble para la raza humana en desarrollo, y ese significado no debe ser confundido o cambiado por la demanda arrogante de una clase o de algunos individuos. Al hombre, se le ha requerido a hacer lo que ninguna especie ha hecho todavía o ha aspirado hacer en la historia de la tierra, el evolucionar conscientemente el mismo en su especie hacia el próximo nivel superior, (el súperhombre) que ya casi se adivina, por el desarrollo cíclico o gradual del mundo – idea y las inspiraciones fructíferas de la Naturaleza. Y cuando eso se imagina y se comprende, no cabe duda que esa idea, llega a ser la semilla más potente que puede ser sembrada o tirada en la tierra de nuestro crecimiento humano.
Nietzsche fue el primero que la tiró, el místico del culto de la Voluntad, el problemático, el profundo, el casi luminoso Eslavo Helénico (el término Helénico implica un amor pagano y sin restricciones en contraste con los Judaísmo que implica una austeridad moralista, una manera de vivir menos sensual de la vida) con sus claridades extrañas, sus ideas violentas a medias, sus raras intuiciones centelleantes que venían marcadas con el sello de una absoluta verdad y soberanía de la luz. Pero Nietzsche fue un apóstol que nunca entendió enteramente su propio mensaje. Su estilo profético era como el de los oráculos de Delfos, que convertían la verdad en mentira para satisfacer a sus oyentes y creyentes. Pero no siempre fue así, definitivamente; algunas veces se levantó sobre su temperamento personal y su mente individual, su herencia y su medio ambiente Europeo, su repulsión / rebelión contra la idea de Cristo, su guerra en contra de los valores morales actuales de aquel momento, y predicó la Palabra como él la había escuchado, la Verdad como él la había visto, simple, luminosa, impersonal y por lo tanto imperecedera y sin mancha. Pero en gran parte, este mensaje que había llegado su oído interno vibrando desde la distancia infinita como la tonada salida de la lira de los Dioses lejanos, lo obtuvo en su esfuerzo para apropiarse y tenerlo cerca de él, mezclándolo con algo turbulento surgido de ideas colaterales que ahogaron las puras notas originales.
Especialmente en su concepto del Súperhombre el nunca aclaró su mente de su confusión preliminar. Porque si esa clase de humano divino es la meta por la cual la raza debe avanzar, la primera dificultad que nosotros tenemos, es decidir cual de los dos diferentes tipos de divinidad es la idea a la cual debemos ser leales. Porque la deidad en nosotros puede confrontarnos con el claro, jubiloso y radiante aspecto de Dios o con la severa y convulsiva visión de un Titán. Nietzsche le canto al Olimpo pero lo presento con el aspecto de Asura. Su preocupación con la idea de Cristo como el Dios crucificado y sus consecuencias fueron quizás responsables por esta distorsión tanto como su sujeción o dependencia a las ideas imperfectas de los griegos. Él nos presento un súperhombre que fiera y arrogantemente repele la carga de la tristeza y el servicio, no el que se levanta victorioso sobre la mortalidad y los sufrimientos y asciende vibrante con el himno de triunfo de una humanidad liberada. El perder el vínculo de la evolución moral de la Naturaleza es una falta capital en el apostolado de la superhumanidad; porque solamente fuera de la línea inevitable de la evolución puede en el capullo de la humanidad por tanto tiempo puesta a prueba, emerger, madurar y purificarse, a través del fuego del sufrimiento egoísta y altruista.
Nietzsche emplea con frecuencia un tono combativo y un lenguaje retórico que puede dar lugar a interpretaciones que no son fáciles de aceptar después de la terrible experiencia de nuestro siglo: sus exabruptos contra los judíos, la exaltación de “bruto rubio germánico”, y algunos de los calificativos con los que a veces se refiere a lo que parece considerar el ideal de hombre (crueldad, brutalidad, falta de compasión, …) permiten comprender que su filosofía haya sido utilizada por el nazismo para la defensa de sus tesis racistas. Pero es posible presentar la idea nietzscheana del superhombre precisamente a partir de una crítica de su lectura nazi. Las características que Nietzsche atribuye al superhombre y que pudieron dar pie a esta interpretación son las siguientes:
Nietzsche fue contrario al igualitarismo, tanto del igualitarismo implícito en el punto de vista cristiano (para éste todos somos iguales pues somos hermanos al ser hijos de Dios), como al igualitarismo defendido por el movimiento socialista cada vez más pujante a partir de la segunda mitad del siglo XIX. Hay hombres inferiores y hombres superiores, el superhombre pertenece a este segundo grupo; “los débiles y malogrados deben perecer: artículo primero de nuestro amor a los hombres. Y además se debe ayudarlos a perecer” (“El anticristo”);
moral de la violencia: en muchos textos Nietzsche atribuye al superhombre rasgos para los que los nazis fueron particularmente competentes: la falta de compasión, la crueldad, la fuerza, el gusto por la acción, el combate y la guerra, el desprecio por los débiles; “Debéis buscar vuestro enemigo y hacer vuestra guerra. Debéis amar la paz como medio para nuevas guerras, y la paz de corta duración más que la larga. Decís que es la bondad de la causa la que santifica la guerra; yo digo: es la bondad de la guerra lo que santifica toda causa”. “¿Quién alcanzará algo grande si no tiene la fuerza y la voluntad de infligir grandes sufrimientos? Saber sufrir es poco: hay mujeres y esclavos que han destacado como maestros en este arte. Pero no sucumbir ante los ataques de la angustia íntima y de la duda turbadora cuando se causa un gran dolor y se oye el grito de este dolor, esto sí es grande”. “El hombre superior se distingue del inferior por la intrepidez con que provoca la desgracia”;
Desde el punto de vista de la psicología académica, el concepto del ego varía con casi cada escuela particular de pensamiento. En vista de que el tema es abstracto (por lo menos hipotético) es decir, algo no tan tangible como para poder colocarlo bajo un microscopio, sólo se puede teorizar del comportamiento humano. Hay tal intercambio entre los términos alma, mente, ego, psiquis, etc., que a veces se vuelve difícil distinguir uno del otro en las explicaciones dadas por algunos de los psicólogos clásicos y contemporáneos.
Por ejemplo, Carl Jung se refiere a la mente (y aquí nosotros solamente generalizamos) como el proceso que concierne a las funciones mentales como la razón, voluntad, imaginación, memoria y percepción sensoria. Por otra parte, él considera lo que el hombre llama alma como “la personalidad interna”.
Es el modo en que uno responde o el comportamiento hacia los procesos psíquicos internos de uno. Dice Jung: “Al carácter que uno muestra a su inconsciente, a esa actitud interna, yo la llamo alma”. En otras palabras, hay dos conjuntos primarios separados de estímulo, uno de afuera y uno de adentro. El mas sutil, los procesos psíquicos provenientes de los niveles más hondos de la consciencia, o el inconsciente como le llama Jung, origina esa respuesta de la personalidad (o carácter interior) que se considera como alma.
Las investigaciones ocultistas demuestran que todas las cosas que nos rodean en este mundo, mineral, vegetal y animal, deben ser considerados como la expresión fisonómica, o el “abajo” de un “arriba”, o espíritu que se oculta tras ella. Desde el punto de vista oculto, las cosas presentes en el mundo sensorial solo pueden comprenderse correctamente si nuestro conocimiento abarca también el “arriba” o arquetipo espiritual, los seres espirituales originales, de donde proceden todas las cosas manifestadas. Y por esta razón es importante estudiar lo que se oculta tras el fenómeno de la sangre, de aquello que toma por expresión fisonómica la sangre en el mundo sensible. Todas las cuestiones que se nos plantean quedan iluminadas tan pronto como reconocemos la naturaleza de la esencia espiritual que se oculta en la sangre. Lo que la sangre es en sí se aprende en las ciencias naturales, en que se explica que, para el hombre y los animales superiores, la sangre es, prácticamente, el fluido vital. El hombre interno se pone en contacto con lo externo por medio de la sangre, y en el decurso de ese proceso la sangre humana absorbe oxígeno, que constituye el verdadero aliento de vida. Mediante la absorción de este oxígeno la sangre sufre una renovación. La sangre que va en busca de ese oxígeno es una especie de veneno para el organismo, pero mediante la absorción de aquel esta sangre rojo azulada se transforma en un fluido rojo, dador de vida, por el proceso de la combustión. Esa sangre que pasa por todo el cuerpo, depositando por doquier sus partículas primitivas, tiene a su cargo la tarea de asimilar directamente los materiales del mundo externo y de aplicarlos, mediante el método más rápido posible, a la nutrición del cuerpo. Es necesario, para el hombre y los animales superiores, absorber primeramente esos materiales alimenticios en su sangre. Entonces, una vez formada ésta, tiene que tomar el oxígeno del aire y construir y sustentar el cuerpo. Alguien dotado de conocimiento anímico observó, no sin razón: “La sangre con su circulación es semejante a un segundo ser y en relación con el hombre corporal, óseo, muscular y nervioso, actúa como una especie de mundo exterior”. Porque es un hecho que todo ser humano está obteniendo continuamente su sustento de la sangre, y, al mismo tiempo, descarga en ella lo que ya no le sirve más. La sangre humana es, por consiguiente, un verdadero doble a quien se lleva constantemente como un inseparable compañero, y del que el hombre obtiene nueva fuerza, dándole, en cambio, todo lo que ya no le sirve. Se podría llamar a la sangre, con toda propiedad, el “líquido vital del hombre”, porque este fluido especial, constantemente cambiante, es seguramente tan importante para el hombre como la celulosa para los organismos inferiores.
Ernst Hæckel (1834 – 1919), biólogo y filósofo alemán, que ha penetrado profundamente en las cosas de la Naturaleza, en varios de sus populares libros ha llamado la atención sobre el hecho de que la sangre es, en realidad, el último factor que se origina en el organismo. Si observamos el desenvolvimiento del embrión humano, encontraremos que los rudimentos de los huesos y músculos se desarrollan antes de que aparezca la primera tendencia hacia la formación de la sangre. La producción de la sangre, con toda su sutilísima organización de complicados vasos sanguíneos, aparece muy tarde en el desenvolvimiento del embrión. Y de este conocimiento natural se ha deducido que la producción de la sangre es lo último que se efectúa en la evolución del universo, y que otros poderes, que en él están, tienen que llegar hasta la cumbre de la sangre, por así decirlo, para que se pueda realiza en ese punto evolutivo lo que deberá hacerse internamente en el ser humano. Hasta que el embrión no haya repetido por sí mismo todos los estadios primitivos del crecimiento humano, alcanzando así la situación en que estaba el mundo antes de la formación de la sangre, no puede realizar ese acto que corona la evolución: la transmutación y perfeccionamiento de todo lo hecho, convirtiéndolo en ese “fluido muy especial” que se llama sangre. Si queremos conocer las misteriosas leyes del universo espiritual, que se oculta en la sangre, es necesario que nos familiaricemos un poco con algunos de los más elementales conceptos. En referencia a seres superiores, se constata que tales seres existen realmente, aunque no se encuentren en el mundo de los sentidos. El hombre, en lo que a nuestros sentidos se revela en el mundo externo, no es sino una parte del ser humano completo. Pero, en realidad, hay muchas otras partes tras del cuerpo físico. El hombre posee este cuerpo físico en común con los llamados minerales inanimados que nos rodean. Además de éste, sin embargo, el hombre posee el cuerpo etérico o vital. Este cuerpo etérico o vital, según se le llama algunas veces, lejos de ser una ficción de la imaginación, es tan distintamente visible para los sentidos espirituales del ocultista como los colores para el ojo físico. El clarividente puede ver perfectamente ese cuerpo etérico. Es el principio que provoca la vida en la materia inorgánica, el que arrancándola a la condición inanimada, la sumerge en el océano viviente. El hombre se encuentra en un estado de su evolución, y por esta razón: “Si os quedáis como estáis no veréis el cuerpo etérico, y, por consiguiente, podréis hablar, en verdad, de los límites del conocimiento y del “ignorabimus”; pero si os desarrolláis y adquirís las necesarias facultades para el conocimiento de las cosas espirituales, no hablaréis más de las limitaciones del conocimiento, porque éstas solo existen mientras el hombre no desarrolla sus sentidos internos”.
Por encima del cuerpo etérico tenemos lo que se llama cuerpo astral, que es un nombre significativo. Al cuerpo astral le está asignada la tarea, en el hombre y en el animal, de elevar la sustancia vital hasta el plano de la sensación, de manera que, en la sustancia vital, puedan moverse no solamente los fluidos, sino que también pueda expresarse en ella lo que se conocen como placer y dolor, alegría y tristeza. Y aquí tenemos la diferencia esencial entre la planta y el animal. Pero existen algunos estados de transición entre ambos. Para que pueda existir la sensación tiene que formarse una imagen dentro del ser, como reflejo de lo que produce la sensación. Y, por consiguiente si ciertos vegetales responden a estímulos exteriores, eso no prueba que la planta conteste al estímulo por una sensación, esto es, por la que experimenta internamente. Las experiencias internas tienen su asiento en el cuerpo astral. Vemos, pues, que lo que ha llegado al estado animal se compone de un cuerpo físico, de un cuerpo etérico o vital y de un cuerpo astral. No obstante, el hombre está sobre el animal, pues posee algo distinto; y los pensadores de todos los tiempo sabían en qué consistía esa superioridad. Para explicarlo tenemos el caso de un niño que, en el patio de la granja de sus padres, tuvo un pensamiento que cruzó como un relámpago por su mente: “Él era un ego, un ser capaz de decirse íntimamente a sí mismo “yo” y cuenta que esto le hizo una profunda impresión”. Todas las llamadas ciencias externas del alma descuidan el punto más importante que se encierra aquí. En todos los idiomas humanos existe una pequeña palabra que difiere totalmente de todas las demás. Cualquiera puede poner nombre a las cosas que nos rodean; todos podemos llamar a una mesa, mesa, a una silla, silla. Pero hay una palabra, un nombre, que no se puede aplicar a nada, salvo a sí mismo, y esta es la palabra “yo”. Este “yo” tiene que surgir de lo más íntimo del alma misma; es el nombre que solo el alma puede aplicarse a sí misma. Cualquier otra persona es un “usted” para mí, y yo soy un “usted” para ella. Todas las religiones, han reconocido este “yo” como expresión de ese principio anímico, por cuyo intermedio puede hablar el ser íntimo: la naturaleza divina. Aquí, pues, comienza aquello que nunca puede ser penetrado por los sentidos externos, lo que nunca puede ser nombrado desde el exterior de su real significado, pues debe surgir de lo más íntimo del ser. Aquí empieza el monólogo, el soliloquio del alma, por cuyo intermedio el yo divino hace conocer su presencia cuando el sendero está limpio y pronto para la venida del espíritu al alma humana.
No hay otra manera de estar que solo. Uno puede olvidarlo, uno puede olvidarse de sí mismo en muchísimas cosas, pero una y otra vez la verdad se reafirma. Por eso después de cada experiencia profunda te sentirás solo.
Esto parecerá muy paradójico, porque ordinariamente la gente cree que el amor les hará sentirse en compañía. Eso es una completa insensatez. Si el amor es profundo te hará consciente de la soledad, no de la compañía. Cuando algo cala hondo, ¿qué ocurre?: dejas la periferia de tu ser y entras en tu centro, y el centro es todo soledad. Allí estás sólo tú; o ni siquiera tú, tan sólo una consciencia sin ego, sin identidad, sin definición, un abismo de consciencia.
Después de escuchar bella música, o después de penetrar en el significado de una gran poesía, o ver la belleza de un atardecer, en el despertar siempre te sentirás triste. Viendo esto, millones de personas han decidido no ver la belleza, no amar, no meditar, no rezar, evitar todo lo que sea profundo. Pero aunque evites la verdad, la verdad te golpea algunas veces. Sin que te des cuenta, te posee.
Como he dicho en otro post desde pequeño he tenido una vocación inmortalista, pero tengo que decir que paralelamente siempre me ha despertado un gran interés el futuro de la población mundial, por lo cual os dejo aquí esta reseña informativa:
La población mundial crecerá en mil millones de personas los próximos doce años y llegará a los 9.600 millones en 2050, fundamentalmente en países en desarrollo y más de la mitad en África, según un informe divulgado hoy en la ONU.
El director de la División de Población del Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de Naciones Unidas, John Wilmoth, presentó este jueves ante la prensa la revisión de su último informe de 2012 sobre las perspectivas de la población mundial.
Dado que ningún ritual de sangre responde a un comportamiento racionalmente aceptable, se le traslada su inspiración a algún dios o demonio ávido de sangre, lo cual conecta con los mitos vampíricos que hoy están tan de moda en el mundo del cine.
No parece en absoluto racional que un vampiro (no-muerto) se nutra de sangre humana para conseguir la inmortalidad física, pero la fantasía humana si ha nutrido durante generaciones la aparición de leyendas de estos seres oscuros. Tomemos como muestra un mito más clásico entre la mentalidad cristiana que nos ha condicionado en nuestra más temprana educación: el demonio y su reino subterráneo infernal en llamas.
Aquí va el extracto de un amplio artículo que hace referencia a estos asuntos: